viernes, 9 de octubre de 2009

La ambición no es mala. De hecho todos ambicionamos cosas en nuestra existencia. Tener bienes materiales que nos ayuden a vivir dignamente. Tener una profesión, casarse, tener hijos, ser buenos, etc.
Pero sucede que en algunas oportunidades, lo que comienza con un deseo, se transforma en obsesión y queremos mucho más de lo que necesitamos o lo que somos, e intentamos lograrlo a costa de cualquier sacrificio, propio o ajeno.
Si es propio, podemos perderlo todo. Si es ajeno, peor todavía, ya que para lograr los objetivos, perjudicamos a otros.
¿Hasta qué punto una ambición desmedida puede perjudicarnos?
Hasta límites insospechados, sobre todo cuando queremos cosas absolutamente inalcanzables.
Muchas veces por ambicionar demasiado, no vivimos el presente y no nos aceptamos tal cual somos. No reconocemos los verdaderos valores por los cuales nos llaman seres humanos, no respetamos ni a los demás ni a nuestra verdadera esencia, por muy importante que esta sea.

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